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Albert Camus: Discurso de Aceptación del Premio Nobel de Literatura en el año 1957



Al recibir la distinción con que ha querido honrarme su libre Academia, mi gratitud es más profunda  cuando evalúo   hasta qué punto esa recompensa sobrepasa  mis méritos personales.  Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer su decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo por sus dudas, con una obra apenas desarrollada, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin una especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, a plena luz? ¿Con qué ánimo podía recibir ese honor al tiempo que, en tantos sitios, otros escritores, algunos de los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce una desdicha incesante?

He sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme de acuerdo con un destino demasiado generoso. Y como era imposible igualarme a él con el único apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitanme,  aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que les diga, lo más sencillamente posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de cualquier cosa. Por el contrario, si me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, a la par de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdadero artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones,  en el otro extremo del mundo,  basta para sacar al escritor de su soledad,  por lo menos, cada vez que logre, entre los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trate de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.

Nadie es lo bastante grande para semejante vocación. Sin embargo,  en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre para poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad, y el servicio a la libertad. Y puesto que su vocación consiste en reunir al mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira ni a la servidumbre porque, donde reinan,  crece el aislamiento. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia ante la opresión.

Durante más de veinte años de historia demencial, perdido sin remedio, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años  en la época de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados a la guerra de España, a la segunda guerra mundial,  al universo de los campos de concentración, a la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar a sus hijos y a sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.

Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sábe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que se corre el riesgo de que nuestros grandes inquisidores   establecezcan para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la Alianza.

No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabais de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso apóstol de virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi difícil fe,  me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabais de hacerme. Más libre también para decir que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y sí, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me  falta dar las gracias, desde el fondo de mi corazón, y hacer públicamente, en señal personal  de gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos los días.
Texto original, en Francés
En recevant la distinction dont votre libre Académie a bien voulu m’honorer, ma gratitude était d’autant plus profonde que je mesurais à quel point cette récompense dépassait mes mérites personnels. Tout homme et, à plus forte raison, tout artiste, désire être reconnu. Je le désire aussi. Mais il ne m’a pas été possible d’apprendre votre décision sans comparer son retentissement à ce que je suis réellement. Comment un homme presque jeune, riche de ses seuls doutes et d’une œuvre encore en chantier, habitué à vivre dans la solitude du travail ou dans les retraites de l’amitié, n’aurait-il pas appris avec une sorte de panique un arrêt qui le portait d’un coup, seul et réduit à lui-même, au centre d’une lumière crue ? De quel cœur aussi pouvait-il recevoir cet honneur à l’heure où, en Europe, d’autres écrivains, parmi les plus grands, sont réduits au silence, et dans le temps même où sa terre natale connaît un malheur incessant ?
J’ai connu ce désarroi et ce trouble intérieur. Pour retrouver la paix, il m’a fallu, en somme, me mettre en règle avec un sort trop généreux. Et, puisque je ne pouvais m’égaler à lui en m’appuyant sur mes seuls mérites, je n’ai rien trouvé d’autre pour m’aider que ce qui m’a soutenu tout au long de ma vie, et dans les circonstances les plus contraires : l’idée que je me fais de mon art et du rôle de l’écrivain. Permettez seulement que, dans un sentiment de reconnaissance et d’amitié, je vous dise, aussi simplement que je le pourrai, quelle est cette idée.
Je ne puis vivre personnellement sans mon art. Mais je n’ai jamais placé cet art au-dessus de tout. S’il m’est nécessaire au contraire, c’est qu’il ne se sépare de personne et me permet de vivre, tel que je suis, au niveau de tous. L’art n’est pas à mes yeux une réjouissance solitaire. Il est un moyen d’émouvoir le plus grand nombre d’hommes en leur offrant une image privilégiée des souffrances et des joies communes. Il oblige donc l’artiste à ne pas se séparer ; il le soumet à la vérité la plus humble et la plus universelle. Et celui qui, souvent, a choisi son destin d’artiste parce qu’il se sentait différent apprend bien vite qu’il ne nourrira son art, et sa différence, qu’en avouant sa ressemblance avec tous. L’artiste se forge dans cet aller retour perpétuel de lui aux autres, à mi-chemin de la beauté dont il ne peut se passer et de la communauté à laquelle il ne peut s’arracher. C’est pourquoi les vrais artistes ne méprisent rien ; ils s’obligent à comprendre au lieu de juger. Et s’ils ont un parti à prendre en ce monde ce ne peut être que celui d’une société où, selon le grand mot de Nietzsche, ne règnera plus le juge, mais le créateur, qu’il soit travailleur ou intellectuel.
Le rôle de l’écrivain, du même coup, ne se sépare pas de devoirs difficiles. Par définition, il ne peut se mettre aujourd’hui au service de ceux qui font l’histoire : il est au service de ceux qui la subissent. Ou sinon, le voici seul et privé de son art. Toutes les armées de la tyrannie avec leurs millions d’hommes ne l’enlèveront pas à la solitude, même et surtout s’il consent à prendre leur pas. Mais le silence d’un prisonnier inconnu, abandonné aux humiliations à l’autre bout du monde, suffit à retirer l’écrivain de l’exil chaque fois, du moins, qu’il parvient, au milieu des privilèges de la liberté, à ne pas oublier ce silence, et à le relayer pour le faire retentir par les moyens de l’art.
Aucun de nous n’est assez grand pour une pareille vocation. Mais dans toutes les circonstances de sa vie, obscur ou provisoirement célèbre, jeté dans les fers de la tyrannie ou libre pour un temps de s’exprimer, l’écrivain peut retrouver le sentiment d’une communauté vivante qui le justifiera, à la seule condition qu’il accepte, autant qu’il peut, les deux charges qui font la grandeur de son métier : le service de la vérité et celui de la liberté. Puisque sa vocation est de réunir le plus grand nombre d’hommes possible, elle ne peut s’accommoder du mensonge et de la servitude qui, là où ils règnent, font proliférer les solitudes. Quelles que soient nos infirmités personnelles, la noblesse de notre métier s’enracinera toujours dans deux engagements difficiles à maintenir : le refus de mentir sur ce que l’on sait et la résistance à l’oppression.
Pendant plus de vingt ans d’une histoire démentielle, perdu sans secours, comme tous les hommes de mon âge, dans les convulsions du temps, j’ai été soutenu ainsi : par le sentiment obscur qu’écrire était aujourd’hui un honneur, parce que cet acte obligeait, et obligeait à ne pas écrire seulement. Il m’obligeait particulièrement à porter, tel que j’étais et selon mes forces, avec tous ceux qui vivaient la même histoire, le malheur et l’espérance que nous partagions. Ces hommes, nés au début de la première guerre mondiale, qui ont eu vingt ans au moment où s’installaient à la fois le pouvoir hitlérien et les premiers procès révolutionnaires, qui furent confrontés ensuite, pour parfaire leur éducation, à la guerre d’Espagne, à la deuxième guerre mondiale, à l’univers concentrationnaire, à l’Europe de la torture et des prisons, doivent aujourd’hui élever leurs fils et leurs œuvres dans un monde menacé de destruction nucléaire. Personne, je suppose, ne peut leur demander d’être optimistes. Et je suis même d’avis que nous devons comprendre, sans cesser de lutter contre eux, l’erreur de ceux qui, par une surenchère de désespoir, ont revendiqué le droit au déshonneur, et se sont rués dans les nihilismes de l’époque. Mais il reste que la plupart d’entre nous, dans mon pays et en Europe, ont refusé ce nihilisme et se sont mis à la recherche d’une légitimité. Il leur a fallu se forger un art de vivre par temps de catastrophe, pour naître une seconde fois, et lutter ensuite, à visage découvert, contre l’instinct de mort à l’œuvre dans notre histoire.
Chaque génération, sans doute, se croit vouée à refaire le monde. La mienne sait pourtant qu’elle ne le refera pas. Mais sa tâche est peut-être plus grande. Elle consiste à empêcher que le monde se défasse. Héritière d’une histoire corrompue où se mêlent les révolutions déchues, les techniques devenues folles, les dieux morts et les idéologies exténuées, où de médiocres pouvoirs peuvent aujourd’hui tout détruire mais ne savent plus convaincre, où l’intelligence s’est abaissée jusqu’à se faire la servante de la haine et de l’oppression, cette génération a dû, en elle-même et autour d’elle, restaurer, à partir de ses seules négations, un peu de ce qui fait la dignité de vivre et de mourir. Devant un monde menacé de désintégration, où nos grands inquisiteurs risquent d’établir pour toujours les royaumes de la mort, elle sait qu’elle devrait, dans une sorte de course folle contre la montre, restaurer entre les nations une paix qui ne soit pas celle de la servitude, réconcilier à nouveau travail et culture, et refaire avec tous les hommes une arche d’alliance. Il n’est pas sûr qu’elle puisse jamais accomplir cette tâche immense, mais il est sûr que partout dans le monde, elle tient déjà son double pari de vérité et de liberté, et, à l’occasion, sait mourir sans haine pour lui. C’est elle qui mérite d’être saluée et encouragée partout où elle se trouve, et surtout là où elle se sacrifie. C’est sur elle, en tout cas, que, certain de votre accord profond, je voudrais reporter l’honneur que vous venez de me faire.
Du même coup, après avoir dit la noblesse du métier d’écrire, j’aurais remis l’écrivain à sa vraie place, n’ayant d’autres titres que ceux qu’il partage avec ses compagnons de lutte, vulnérable mais entêté, injuste et passionné de justice, construisant son œuvre sans honte ni orgueil à la vue de tous, sans cesse partagé entre la douleur et la beauté, et voué enfin à tirer de son être double les créations qu’il essaie obstinément d’édifier dans le mouvement destructeur de l’histoire. Qui, après cela, pourrait attendre de lui des solutions toutes faites et de belles morales ? La vérité est mystérieuse, fuyante, toujours à conquérir. La liberté est dangereuse, dure à vivre autant qu’exaltante. Nous devons marcher vers ces deux buts, péniblement, mais résolument, certains d’avance de nos défaillances sur un si long chemin. Quel écrivain, dès lors oserait, dans la bonne conscience, se faire prêcheur de vertu ? Quant à moi, il me faut dire une fois de plus que je ne suis rien de tout cela. Je n’ai jamais pu renoncer à la lumière, au bonheur d’être, à la vie libre où j’ai grandi. Mais bien que cette nostalgie explique beaucoup de mes erreurs et de mes fautes, elle m’a aidé sans doute à mieux comprendre mon métier, elle m’aide encore à me tenir, aveuglément, auprès de tous ces hommes silencieux qui ne supportent, dans le monde, la vie qui leur est faite que par le souvenir ou le retour de brefs et libres bonheurs.
Ramené ainsi à ce que je suis réellement, à mes limites, à mes dettes, comme à ma foi difficile, je me sens plus libre de vous montrer pour finir, l’étendue et la générosité de la distinction que vous venez de m’accorder, plus libre de vous dire aussi que je voudrais la recevoir comme un hommage rendu à tous ceux qui, partageant le même combat, n’en ont reçu aucun privilège, mais ont connu au contraire malheur et persécution. Il me restera alors à vous en remercier, du fond du cœur, et à vous faire publiquement, en témoignage personnel de gratitude, la même et ancienne promesse de fidélité que chaque artiste vrai, chaque jour, se fait à lui-même, dans le silence.
Estocolmo, 10 de diciembre de 1957
Escribe: Albert Camus 
Recopilación: Jesus Mojo Lopez 

Mario Vargas Llosa sobre dos puneños extraordinarios



(Martín Chambi y Oquendo de Amat)


Escribe: Jesús Mojo López

El premio nobel peruano;  alabado y endiosado por algunos y, despreciado y repugnado por algunos que no comparten su visión liberal y conservadora de la política,  además de ellos su visión hedonista y derrotera de la vida y sus sucesos que amasa en su literatura pagana y laica;  hace años se había propuesto escribir sobre dos puneños extraordinarios, implantando su visión sobre estos personajes de trascendencia. Pero a pesar de que nadie duda de la impresionante genialidad de Vargas Llosa,  este implanto una visión matizada de desprecio y colocando sobre ellos un epitafio final sobre los que  intenta poner punto final a la opinión sobre ellos y subjetivamente, sin decirlo, trata de hacer creer al lector que él (egocentrismo) es mucho más frente a ellos. 
Pero  la literatura y la política han sido mundos distanciados entre sí, aunque la primera ha tratado de amasar las formas ideales de política, pero Vargas Llosa no lo entiende así, sino mas bien implanta una visión universal de que lo todo puede caber en un minúsculo artículo o un comentario nada macerado, por ello en esos pequeños escritos resalta la angustia por borrar de la memoria a estos dos personajes, comentando sobre ellos de una manera fatalista, desde esa otra perspectiva en que lo provinciano no sobresale generalmente. Vargas Llosa aunque lo niegue un millón de veces tendrá siempre ese carácter racista contra todo lo provinciano nacido en ese otro Perú en el que la realidad se vive, se siente de otro modo, quizá mas profunda  y mas enraizada.
Vargas Llosa tiene un carácter particular sesgado de ver y analizar la realidad, siempre afincado desde su endiosada tribuna literaria, pero creemos que se siente y se piensa mejor la realidad desde la condición ensimismada de la realidad y no conociendo la realidad solo por fotos o revistas, en tal sentido vamos a descifrar las palabras para con dos puneños extraordinarios.
Martin Chambi y Carlos Oquendo de Amat, el primero pintor y el segundo literato vanguardista, pero más realista que soñador, son dos puneños que trascendieron mas allá de las fronteras de este altiplano que es un submundo de la cultura, pero que a pesar de la época y sus circunstancias supieron con gran destreza superar esa realidad hosca, atascada y cerrada a los conocimientos.
Martin Chambi fue mucho mas que un fotógrafo, fue un innovador de ella, a pesar de que la fotografía era por entonces todavía casi desconocida entre los pobladores andinos de entonces, él supo introducirse con astucia en ese universo, colgando en brazos su camarita que retrataría ese otro verdadero rostro del Perú ,  de modo que gravo para siempre  una infinidad de momentos que quedaron estáticas para toda una eternidad, como muestra de que existió ese Perú frustrado y aislado, pero mas que fotografías fueron el pleno retrato del Perú de entonces que pasaba al olvido, había en él un inmenso amor por lo peruano. 
Vargas Llosa en su libro “Diccionario del Amante de América Latina” dice acerca de Martin Chambi: «Maestro de la fotografía. Martín Chambi realizo su obra monumental (unos treinta mil negativos) en una provincia de la sierra peruana, supliendo con su esfuerzo, su imaginación y su destreza –con su genio- las limitaciones que ello significaba. Fue pionero con cuya obra el arte de la fotografía de su país adquirió ciudadanía internacional. Nacido en 1891, en una aldea (Coaza) del altiplano puneño, en el seno de una familia campesina, un azar feliz lo llevo a trabajar, cuando era aun niño, a una mina en las alturas de Carabaya, donde sin duda vio por primera vez (en manos de un empleado de la empresa) una cámara fotográfica. (…) pero su carrera comenzaría a todo fuego en el Cuzco, donde se instalo a comienzos de 1920 (…) Sin duda, en sus imágenes Martin Chambi desnudo la complejidad social de los andes (…) cabe decir que en esos treinta años  y pico de labor no dejó rincón del universo cuzqueño sin apropiárselo e inmortalizarlo»   Luego de esta descripción bella y maratónica sobre Martin Chambi, pone un punto final a las consideraciones y rubrica un triste y enterrador epitafio final de la manera mas inusitada, tratando de reservarse un lugar para sí mismo;  y continua: «Madrasta de sus hijos, escribió del Perú el Inca Garcilaso. Con Martin Chambi, uno de los más grandes artistas nacidas en su suelo, lo ha sido. Una madrasta ingrata, olvidadiza, al extremo de que pocos de sus compatriotas sabes quien fue y por qué se lo debe recordar y admirar» Y con la sonrisa a flor de labio se ríe del destino nada glorioso de Martín Chambi, dedicándole palabras de entierro y solo un apenas grave consuelo. Pero mas que ello escribe desde la perspectiva de un extranjero mas no peruano, ¿de su país? ¿pocos de sus compatriotas? No se le entiende bien a Vargas Llosa, de manera subjetiva uno puede pensar que Vargas Llosa niega su nacionalidad, o es que el Nobel Vargas Llosa piensa que Puno es otro país aislado y ajeno al Perú.
En el mismo libro Vargas Llosa comenta de manera despectiva acerca de Oquendo de Amat: «Hace aproximadamente treinta años, un joven que había leído con fervor los primeros escritos de Breton, moría en las sierras de Castilla, en un hospital de caridad, enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una camisa colorada y cinco metros de poemas de una delicadeza visionaria singular. Tenía un nombre sonoro y cortesano, de virrey, pero su vida había sido tenazmente oscura, tercamente infeliz. En Lima fue un provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio del Mercado, en una cueva sin luz, y cuando viajaba a Europa, en Centroamérica, nadie sabe por qué, había sido desembarcado, encarcelado,  torturado, convertido en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio pertinaz, en lugar de cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de la guerra civil española borraron su tumba de la tierra, y, en todos estos años, el tiempo ha ido borrando su recuerdo en la memoria de las gentes que tuvieron la suerte de conocerlo y de leerlo. No me extrañaría que las alimañas hayan dado cuenta de los ejemplares de su único libro, enterrado en bibliotecas que nadie visita, y que sus poemas, que ya nadie lee, termine muy pronto trasmutados en “humo, en viento, en nada”, como la insolente camisa colorada que compro para morir»  Una vez mas Vargas Llosa se ríe del fatal destino de Oquendo de Amat, qué alegría suena en las palabras del Nobel peruano, ya que Oquendo fue probablemente el mas grande poeta peruano del siglo XX, quizá su gloria hubiera crecido mas que del suyo propio o del universal poeta peruano Cesar Vallejo. Además de ello cree que la gloria de Oquendo de Amat se borrara con el tiempo y eso le pone loco de alegría ya que con menos obstáculos, algún día quiere ser recordado como el más grande literato peruano, cosa que probablemente lo esta logrando después de la carnicería y constante brutalidad expresiva contra otros literatos como José María Arguedas.
Que ansia y que obsesión  por saber el día en que nadie lea y nadie recuerde a Oquendo de Amat y vaticina que el único libro de Amat algún día será solamente polvo o nada.
Por tanto, no solamente en la política o en la guerra  existe la estrategia del desacreditar al enemigo sino también en la literatura, en el que se minimiza  y ridiculiza la obra de algún otro que sobresale, y Vargas Llosa lo sabe a la perfección.

Las Caras de la Noche: La Ciudad, Las Discotecas y el Sexo


Yahaida despues del primer acto

Escribe: Jesús Mojo López

Jaime avanza por la avenida floral. Enciende un cigarrillo y fuma con  desesperación. Estaba en el último año de ingeniería mecánica, y dentro de poco ya dejaría esas aulas que fueron siempre su mayor aburrimiento; eso lo ponía alegre. Hace rato, antes de salir de la universidad, habíase quedado dormido en esas clases de “Centrales Eléctricas I”.  « ¿Que hare esta noche? » se pregunta mientras avanza y una bocanada de humo sale de sus entrañas. Es viernes y hoy las discotecas están repletas de esas jovenzuelas que buscan placer y, gimen enloquecidas cuando lo consiguen. « ¿Iré hoy en busca de una? » se pregunta y medita la respuesta. «Aunque hoy quede en verme con Leticia» recapacita.
 -Convocare a asamblea- dice tomando una determinación. La asamblea lo conformaban los entes imaginarios que solo existían en su mente. 
Es ermitaño como pocos en esta ciudad, le gusta la soledad y se sentía mejor. Pero cuando logra juntar a los amigos por iniciativa propia, termina convirtiendo una miserable noche en una noche inolvidable. Hace un mes que no frecuenta las discotecas. La última vez fue cuando termino inconsciente en una cama del hotel “Don Pucho”, acostado al lado de una extraña muchachita. Se levanto con desesperación, miro a un lado y otros sin saber donde estaba,  agarro  su pantalón y su camisa que estaban diseminadas en el suelo, cogió su llavero puesta sobre la mesa de noche y se marcho dando un portazo, no sin antes volver a meter la cabeza por la puerta y decir « Si te vi, no me acuerdo ». 
Hoy esta desganado y cansado. Llega al mercado bellavista y se apoya en el poste que esta al frente del quiosco de periódicos. Unos minutos después recibe una llamada. Es su casual enamorada. « Estoy por el estadio. Te espero ahí  » dice la muchacha al otro lado del teléfono móvil. Se encamina hacia allá. Cuando llega; la ve sonriente, pero él esta serio como un muerto. « Cambia esa cara mi amor » le dice ella rodeando su cintura con sus delicadas manos,  siempre sonriente. La abraza sin amor, sonríe toscamente  como aburriéndose.
Momentos después se les ve discutiendo, ella levanta la mano enérgicamente y el sonríe  disimulando que nada esta sucediendo. « Sabes Jaime, me canse de ti, eres tosco, frio y aburrido, esto se termino » Sentencia ella y se marcha sin voltear. Él queda frenético sin saber que hacer.
« El amor es una mierda, la vida es una mierda, todo es una mierda…» dice sorbiendo una copa de vino caliente, sentado ya en un bar junto a Christian.
« Disculpa la expresión –dice, mirando a una dama que acaba de entrar-. Hoy termine con mi única enamorada; no la quería en realidad, pero ella era dulce al principio, luego empezó a cambiar o yo cambie, no lo se. Últimamente discutimos mucho, cada cosa era pretexto para discutir, y eso nos aburría. Nunca me he enamorado, eso creo hasta hoy, siempre he tenido solo deseos y eso me movía a salir con una chica, y con ella no fue la excepción, me gustaba su cuerpo contorneado, su sonrisa inocente, sus labios carnosos, sus senos abultados y, cuando la poseí aquella noche de abril, sus muslos blancos fueron mi gran debilidad»
Son las diez. La noche muere y las calles se impregnan de un misterioso velo de silencio. Una borracho mea sin preocuparse frente a la estación de tren, balbucea alguna palabra que nadie entiende, y se marcha sin inmutarse.
Jaime y Christian siguen bebiendo enloquecidos. Conversan con más bullicio que en las mesas vecinas, la luz difusa del bar construye en ellos una misteriosa sombra, formando con sus perfiles un semblante fantasmal.
« Vamos a una discoteca » dictamina Jaime después del sorbo final; Christian asiente sin mediar palabras.
Cruzan el Parque Pino casi balanceándose. Intercambian miradas con los últimos transeúntes de la noche. Son casi las once. Los taxistas se apoderan de las calles y su soledad. Avanzan por el jirón Lima, a esa hora, la ciudad duerme; solo algunos se quedaran hasta el amanecer bebiendo y bailando.
 « Me han dicho que la Pentagono es la discoteca de mala muerte, pero las jovencitas son fáciles de entrar, además hay por cantidades. Esta noche tengo el deseo de llevarme una al hotel. Además esa será la traición con la que le pagare a Leticia por haberme terminado » dice Jaime al momento de reírse bajando por el jirón Melgar. « Ponte sereno, vamos a entrar ».
La discoteca esta repleta como cada fin de semana; avanzan entre la aglomeración que baila enloquecida por la música. Se sientan en un sillón del segundo piso y empiezan a beber sin control.
Un grupo de amigas bailaban muy cerca de donde estaban. Jaime se había fijado en una de ellas, hasta le había guiñado, frente al cual ella había sonreído dulcemente. « Creo que ella será mía esta noche » susurra.
Son las una y media. Están totalmente ebrios, quieren bailar y apenas encuentran equilibrio. La chica del frente también había quedado picada por el licor, ya no estaban todas sino solo ella y una amiga. Jaime la mira fijamente y ella corresponde; sin dilaciones se manda al ruedo y la invita a bailar.
Ahora están bailando los cuatro. Tratan de intercambiar palabras y la música se sobrepone. Como te llamas; Yahaida, y tu, Elizabeth, y ustedes; Jhon y Eddy.  Siguen bebiendo y, cada vez más están delirantes, todos se mueven poseídos demoniacamente por la música, y ellos son el grupo que mas baila.  
Momentos después.   
Jaime no quiere seguir bailando, quiere poseerla, y no encuentra como. Finalmente le susurra algo a Christian. Pasan unos momentos y Christian lleva a Elizabeth al mostrador como pidiendo compañía, pide unos cigarrillos, mientras Jaime conduce a Yahaida a otro lugar de la discoteca. Cuando Elizabeth vuelve y al ver que Yahaida no esta, se apresura en salir a la calle con la esperanza de encontrarla todavía, mientras Christian se ríe para sus adentros; recibe una cachetada y ella se marcha en un taxi.
Jaime y Yahaida están besándose al fondo de la discoteca entre el gentío que baila torpemente ahora. Christian los ve y sonríe malévolamente.
Son las dos de la mañana y Jaime sale de la discoteca abrazando a  Yahaida.  « Don Pucho » dice al pasar frente  a Christian sin que Yahaida advirtiera su presencia.
El cuartelero del hotel Don Pucho los atiende sin sorprenderse. Alquilan la habitación 20, suben abrazados y besándose. Jaime había susurrado algo al cuartelero antes de subir, no sin antes de pedir una botella de vino.
Christian llega al hotel y el cuartelero lo atiende con una sonrisa cómplice, pregunta el número de habitación y sube cautelosamente. Se instala muy cerca de la puerta y apoya su oído en ella. Al otro lado se escucha besos exorbitantes y despiadados, se escuchan sonido de copas, la cama chirria levemente y un gemido leve empieza a escucharse; la cama se agita cada vez con más violencia y los gemidos son cada vez más fuertes y hedonistas. Christian escucha sobreexcitado el gemido provocador al otro lado de la puerta, quiere entrar pero sabe que no puede hacerlo. Ella la abraza con fuerza, mientras él sigue con sus últimas energías la labor agotadora « Sigue… sigue… no pares Jhon» susurraba ella en los oídos de Jaime. El momento erótico y nocturnal se alargo por uno 8 minutos; hasta que un   « Ahhh que rico» termino con todo aquel momento efímero.
Yahaida esta ahora de espaldas en la cama. Esta cansada, los gemidos la habían dejado agónica. Jaime sale de la habitación y se dirige al baño. «Tu turno campeón» había dicho dando una palmadita a Christian; mientras este entra rápidamente a la habitación y se desviste sin que ella lo notara. Se le acerca lentamente y empieza por tocar el muslo de sus piernas, la besa en los glúteos y besando recorre toda el contorno de su espalda, mientras ella se deja sin mediar vacilaciones. Ella se recupera, manosea el falo erecto de Christian sin advertir todavía su presencia, él la voltea rápidamente y sin violencia la coloca en posición uveral; lentamente la posee bajo sus poderes concupiscentes. Ella gime agónicamente por segunda vez, mientras él disfruta de la sensual curvatura de sus glúteos latescentes y la toca los senos metiendo la mano desde atrás.  El segundo momento placentero para ella, dura 10 minutos.
Christian se viste con paciencia siempre tratando de evitar la mirada frontal.  Mientras ella esta complacida y recostada en la cama, él la tapa con la sábana roja. «Ya vuelvo, voy al servicio prepárate para el tercero» Dice y cierra la puerta cautelosamente.
Christian sale de hotel y en la otra esquina Jaime esta fumando; al encontrarse,  ambos se ríen con complicidad y se marchan.

ENSAYO: La Tipificación del Derecho a la Revolución en el Ordenamiento Jurídico



Escribe: Jesús Mojo López

RESUMEN

La tipificación del derecho a la revolución implica modificar el artículo cuarenta y seis, en la cual debiera ser agregado: “El pueblo tiene derecho a la revolución para reestructurar el orden constitucional y reestructurar las estructuras políticas, economías y sociales de la nación”. Con este giro hacia el reconocimiento no solo de una derecho que es históricamente reconocido y además inherente a la sociedad y el  hombre, se da en el campo social y jurídico un paso importante hacia la libertad que tiene el hombre de construir una sociedad de acuerdo a sus intereses, no ya impuesto como lo es en la gran mayoría de países, sino uno libre creado con la levadura de sus deseos.


DESARROLLO DEL ENSAYO

La revolución del pueblo  es un cargo moral histórico[1] designada a todos los hombres, no a un grupo de individuos que deciden emprenderla sino más bien a toda una sociedad, y es por eso que la revolución empieza siendo una obligación moral, ya que sin ella, los cambios de la historia humana no serían posibles; el pasado nos ha mostrado que hay la necesidad de forzar la carreta de la historia para que haya cambios trascendentales. El mundo no debe ser esa comarca antigua en el que no parece haber cambios y en ella la vida pareciera vislumbrar un trajinar constante, los cambios se dan siempre con momentos de violencia, sangre y terror; es por eso que la ilusión de un mundo totalmente ajeno a la violencia no es posible y si fuera posible hoy todavía seguiríamos siendo seres afincados en la época primitiva.
La revolución no es ese cambio violento de las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación[2]; sino más bien la revolución es un proceso, que pueden ser rápidos o lentos, que desde el punto de vista histórico son procesos que han marcado profundamente las sociedades[3] en las que se ha desarrollado, y estos procesos revolucionarios en muchos casos han llegado ha trastocar el desarrollo de la historia; sin embargo no hay que llegar a la confusión de lo que es una revuelta y una revolución, la revuelta son simples episodios pasajeros y que además son constantes, desorganizadas, brutales y sin objetivos claros que se caracterizan generalmente por un alto grado de violencia. Para Lenin la revolución se da “cuando los de arriba ya no pueden, cuando los de abajo ya no quieren[4]”, es decir que cuando los de arriba sienten un desequilibrio en su capacidad para seguir dominando sobre los de abajo y los de abajo generan un descontento generalizado de forma que la estructura social se quiebra. La revolución es también la capacidad de auto-organización colectiva de una sociedad, y es allí donde puede verse el nivel de la capacidad de actuar en común.  Siendo la revolución una actividad no cotidiana sino en cambio un proceso que ocurre siempre en cuando haya el descontento y la urgente necesidad  de darle un nuevo rostro a la sociedad; es entonces cuando surge la idea de estructuras sociales organizadas y que estas llegan a derruirse debido a causas internas y externas de su estructuración, es por ello que pasamos de la época primitiva a la esclava, de la época esclava a la feudal, y de la feudad a la capitalista, generándose de este modo estadios histórico-sociales; pero a la par de las estructuras sociales hubo necesariamente de desarrollarse el orden jurídico como esencia de regulación de la actividad de los hombres dentro de un marco social, y el derecho aparece mucho antes de que el hombre tuviera conciencia de la praxis revolucionaria, es decir que el derecho es un anticipo de la concepción revolucionaria por tanto no se podía hablar todavía de procesos revolucionarios aunque estos se hayan llevado a cabo, pero sin entenderlo en toda su complejidad; hasta entonces el derecho era el nexo de tranquilizante en la sociedad y es que a ella debían obediencia y los hombres moldeaban su personalidad de acuerdo a los mandatos de esta, por tanto se puede hablar ya de un derecho corroído a intereses particulares o al menos de un derecho servil que era el podador de la transformación social y compañera de tranquilidad social generándose de ese modo un desarrollo social sin sobresaltos.
El derecho de los pueblos a la revolución era todavía una utopía; en las épocas iniciales de la historia hubieron de haber revueltas que eran sin  mayor organización ni un objetivo y mucho menos con ideologías que marcarían el rumbo de sus protestas; en la época romana de la historia universal hallamos a los plebeyos y esclavos y que estos eran totalmente reducidos a la miseria en su forma de sobrevivir, además hay que advertir que eran parte de una sociedad que no era consciente todavía de la libertad humana; pero a pesar de ello hoy sabemos que hubieron gigantescas revueltas inconscientes y sin objetivo por parte de los plebeyos y esclavos. Es a finales de la época feudal cuando los siervos y esclavos tiene contacto con sociedades secretas en el que se desarrollaba ya la idea de la revuelta con ideología y un objetivo, es decir el trance hacia una revolución; y tiempo después efectivamente surge la revolución francesa hundiendo la estructura social feudal y sobre sus ruinas levantándose la sociedad burguesa o capitalista,  formada esencialmente por grandes mercaderes que tenia el dominio de la economía por tanto el dominio del gobierno de cualquier nación.
Desde esa época hasta nuestros días es común hablar de un lapso revolucionario, no ya de revueltas que conducían a nada, sino de verdaderas revoluciones estructuradas de manera que los objetivos eran alcanzados después de duras épocas de lucha y constancia.
Pero hay la necesidad de volver nuevamente al pasado a través de la historia y encontrar un momento en el que el derecho a la revolución haya sido consagrado en su integridad. Lamentablemente no ha habido una sola comarca, imperio, pueblo, nación o cualquier otro agrupamiento que haya legitimado ese derecho inherente a la persona humana.
En la declaración de los derechos del hombre y el ciudadano de 1789, en su artículo quinto, señala  que “la  ley  sólo  tiene  derecho  a  prohibir  los  actos  perjudiciales  para  la sociedad. Nada que no esté prohibido por la ley puede ser impedido, y nadie puede ser constreñido a hacer algo que ésta no ordene”, por tanto la revolución no es un proceso perjudicial para la sociedad sino más al contrario un proceso que alienta nuevos aires; además la revolución no estaba prohibida porque tiene una ideología y un propósito común, es decir si fuera prohibida habría una contradicción con el articulo once de la misma declaración referente a la libertad de pensamiento y opinión, porque la revolución llevaba una ideología y el pensamiento una ideología.
Ya desde entonces la revolución, aunque sigilosamente, estaba consagrada en todos los ordenamientos jurídicos.
En 1948, se aprueba la famosa declaración universal de los derechos humanos[5], en el cual en su artículo dieciocho afirma y consagra la libertad pensamiento, y en su artículo diecinueve consagra la libertad de opinión es decir la exteriorización del pensamiento, por tanto la idea de revolución seguía siendo latente y la ideología de ningún modo podía ser perseguido por ningún orden legal; finalmente podemos agregar que en esta declaración las libertades humanas se iban reduciendo gradualmente moldeando al ser humano, aunque lejana y subrepticiamente,  de acuerdo a la ideología neoliberal[6] de los derechos humanos.
En 1969, en la convención americana de los derechos humanos, en su artículo trece nos refieren acerca del derecho de la libertad de pensamiento y expresión en su inciso uno, aunque en su inciso cinco rechazan todo tipo de violencia o apología pero que esto fuera en contra de los caracteres de un individuo.
Finalmente llegamos al ordenamiento jurídico peruano. La constitución Política[7], señala en su artículo dos inciso cuatro manifiesta que toda persona tiene derecho a “La libertad de información, opinión, expresión y difusión del pensamiento” y en el inciso veinticuatro del mismo artículo dice que “Nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda, ni impedido de hacer lo que ella no prohíbe”  en su artículo cuarenta y cinco nos dice: “El poder del estado emana del pueblo”, en su artículo  cuarenta y seis señala que “Nadie debe obediencia a un gobierno usurpador, ni a quienes asuman funciones en violación de la constitución y de las leyes. La población civil tiene derecho a la insurgencia en defensa del orden constitucional” finalmente en el código penal[8] encontramos el título XVI referente a los delitos contra los poderes del estado y el orden constitucional, en su capítulo I y en sus artículos 346, 347, 348, 349 se refieren a la prohibición de una rebelión, sedición motín y conspiración respectivamente.
En el ordenamiento jurídico peruano, aunque de manera muy furtiva, se acepta el derecho que tiene el pueblo a la revolución, pero no de la manera más explicita, sino forzando al lector a hacer uso de la inferencia. La libertad opinión y difusión del pensamiento está claramente consagrada, pero que esta libertad es muchas veces vulnerada debido a que la opinión no contenta al poder o sencillamente lo inquieta, pero el derecho a hacer lo que la ley no prohíbe está totalmente consagrada y es dentro de este marco donde calaría el derecho a la revolución debido a que no esta prohibido en todo el ordenamiento jurídico; pero aunque la ley permite la insurgencia civil para restablecer el orden constitucional, este derecho tipificado no es más que una simple salida a la resistencia de querer reconocer el derecho a la revolución, debido a que la insurgencia es hija de la revolución, y la insurgencia se entiende como un simple levantamiento contra alguna autoridad[9], más parecido a lo que es una revuelta, es decir un levantamiento sin organización aunque con el objetivo de restablecer un orden establecido, pero desde ya, la insurgencia se convierte en títere del poder y los individuos que participan de ella prestan su fuerza física al servicio de otros sin perseguir ningún interés para sí.
El artículo cuarenta y seis no es más que un consuelo para el pueblo, la insurgencia no es el fin, la insurgencia se convierte en un medio de confusión, pero la insurgencia se puede convertir en una revolución cuando se tome conciencia del momento histórico que se atraviesa, es decir podemos afirmar el reconocimiento de la revolución a través de la insurgencia aunque no es su total plenitud sino solo a través de un esforzado ejercicio mental en el cual consideremos a la insurgencia como el medio mas próximo para llegar a una revolución; pero cuando esto se lleve a cabo, habrá un trampa mortal en la que caerán los actores revolucionarios , y ella es que el poder del estado no será emanada de la voluntad del pueblo sino de aquellos que en un primer momento quisieron restablecer el orden, y estos siempre serán muy cercanos al poder, por tanto la insurgencia se convierte solamente en un medio giratorio en el que nada cambia sino continua después de todo.
Un caso ejemplar es que en un determinado país haya un sanguinario dictador que gobierna la nación con mano de hierro, y nunca convoca a elecciones, pero este tipejo autoritario se consagra en el orden constitucional para defenderse de una posible revolución, es decir que en su sano razonamiento diría que habría derecho de castigar y enjuiciar a un revolucionario sencillamente porque se ha levantado contra los poderes constitucionales y que son legítimos; pero desde la otra perspectiva el revolucionario diría que no hay razón para seguir obedeciendo a un gobierno usurpador  y hay la necesidad de una insurgencia, por tanto al final el razonamiento es simple, sucede lo mismo en todas partes del mundo, hay gobiernos usurpadores que en la práctica creen que el poder del estado nace del pueblo  a través de la democracia, solamente con su elección, pero ello no es así, el poder del estado nace para ellos, además, de su voluntad personal teniendo en espaldas millones de conciencias que nunca han manifestado voluntad para dar poder a un solo individuo en nombre de la nación.
El rechazo el derecho a la revolución como un fundamento del derecho[10] es hoy una tesis sin sentido que vuela en el paradigma del constitucionalismo de todos los países ¿Sería peligroso para el estado reconocer el derecho a la revolución? La tesis neoliberal y socialdemócrata responde que sí; ellos dicen que la revolución nada tiene en común con el punto de vista jurídico; desde el punto de vista jurídico toda revolución es simple e incondicionalmente condenable, pues si existe alguna legitimad en ello es desde el punto de vista moral de una sociedad, por tanto queda limitada solamente como un derecho a la resistencia de la opresión.
La revolución es un derecho humano[11] que debiera ser consagrado en su total dimensión, porque es más que un derecho a la resistencia a la opresión, es mucho más que un simple reconocimiento a la libertad humana, es mucho más que una simple libertad de insurgencia, la revolución es un proceso para darle un nuevo rostro a todo lo que se mantiene constante; el derecho humano a la revolución se enfrenta con diversas diatribas como el ámbito político al que se enfrentaría una posible revolución, es decir la voluntad por incorporar este derecho, pero la posibilidad de la consagración del derecho a la revolución se enfrenta no solo a un ámbito político sino también a la ideología imperante del momento, por tanto hoy podríamos hablar del enfrentamiento a ese sistema ideológico de orientación fanática aislada con lastre pro-neoliberal e imperialista que ejerce el dominio sobre el mundo;  la segunda diatriba al que se enfrentaría es a esas políticas de corte democráticas que en el fondo no hacen más que burlar los derechos humanos ya consagrados, es decir el irrespeto de las libertades ideológicas por parte de los seudopartidillos  ortodoxos; y finalmente tenemos la tercera diatriba al que se enfrentaría la propuesta, y es la oposición de los sistemas jerárquicos a la construcción de los pueblos a través de la revolución, ya que si esto ocurriera no tendrían lugar en el cual también desarrollarse de acuerdo a sus intereses, por tanto trabaría a los pueblos para que puedan construir sus propios destinos.
Esta formulación del derecho a la revolución por parte de los pueblos debe complementarse con la perspectiva de una concreción histórica, y que no solo sea una ilusión pasajera; por ello podemos advertir que el derecho a la vida consagrada históricamente en cualquier orden  jurídico lleva dentro de si también el derecho humano concreto a la revolución[12], de este modo el derecho a la revolución aparece no ya como un mero concepto sino más bien como fuente de derechos ya que implica un enorme campo de aplicación, y es además una fuente originaria de todos los derechos verdaderamente libres a todos los hombres, por tanto si se quiere que empiece a hablarse de una verdadera libertad de los derechos humanos debiera empezarse por ese derecho que se convierte ya en inalienable que es el derecho a la revolución. 
Las prohibiciones establecidas en el código penal, en sus artículos 346, 347, 348, 349 respectivamente no son más que triviales desesperaciones por mantener un orden desde ya impuesto a la manera hitleriana, y no más bien moldeada de acuerdo al modo de vida de una sociedad en su integridad. La prohibición rebelión es una forma temerosa de prohibir un derecho, que aunque fuera improvisada, es desde ya un derecho que corresponde a los integrantes de una nación; por tanto desde ningún punto de vista debiera estar prohibido, la sedición como el motín también se encuentran sedados y tipificados de manera que se poda la fuerza de las  manos  revolucionarias, la sedición es un estadio menor de lo que podría significar la rebelión en el que no hay generalmente un control, mientras que la sedición es rápidamente neutralizada; el motín corresponde ya a las formas comunes de protestas sociales lo mismo que las conspiraciones quedan solo en intentos o en meras buenas intenciones las cuales se frustran  debido a la temprana reacción por parte del aparato opresor.   
Decíamos que la revolución es un cargo moral, pero no solamente ya es moral sino también histórica; siendo esta dualidad un forma particular de combinar la moral humana con la historia humana, y que con ello deba ver el derecho como fuente de consagración del derecho de revolución; lejanamente e indirectamente se ha dicho que el derecho a la revolución es una imposición por un dogma o un fanatismo ideológico, cosa que ha sido desmentido inmediatamente, debido que el derecho a la revolución es una cosa inherente al hombre; con la revolución podemos afirmar nuestras fuerzas productoras de una nueva sociedad moldeada de acuerdo a nuestras perspectivas[13].
Por tanto; el derecho a la revolución no es ya una mera utopía en la cual algunos idealistas han tratado de sostener que no debiera ser considerada en el marco legal, sino solo como un acontecimiento aislado, nada involucrado en el campo jurídico. Creemos firmemente que este derecho debiera estar consagrado en el marco constitucional y ser considerado por los constitucionalistas futuros como un derecho fundamental del pueblo, Pero ¿Cuál es el propósito de no tipificarlo? Creemos firmemente el distraer a  la sociedad de uno de los derechos inalienables, lo mismo que el derecho a la vida o el derecho a la plena libertad personal con referencia a la persona; en definitiva el orden jurídico necesita de profundas reformas, sobre todo constitucionales, debido a que el derecho no tiene todavía en nuestra sociedad un rostro humano, sino más bien de un derecho y una justicia que es en el fondo una injusticia, y que solo existe aislada bajo cuatro paredes del poder judicial.
La tipificación del derecho a la revolución implica modificar el artículo cuarenta y seis, en la cual debiera ser agregado: “El pueblo tiene derecho a la revolución para reestructurar el orden constitucional y reestructurar las estructuras políticas, economías y sociales de la nación”    y debiera ser eliminado “La población civil tiene derecho a la insurgencia en defensa del orden constitucional”. Con este giro hacia el reconocimiento no solo de una derecho que es históricamente reconocido y además inherente a la sociedad y el  hombre, se da en el campo social y jurídico un paso importante hacia la libertad que tiene el hombre de construir una sociedad de acuerdo a sus intereses, no ya impuesto como lo es en la gran mayoría de países, sino uno libre creado con la levadura de sus deseos.
                      

BIBLIOGRAFÍA

Ø  ANTONIO SALAMANCA, El Derecho a la Revolución, 1ra Edición, Potosí, 2006. 
Ø  DRAE.
Ø  THEDA SKOCPOL, Los Estados y Las Revoluciones Sociales, Fondo de Cultura Económica, México, 1985
Ø  V.I. LENIN, La Enfermedad Infantil del Izquierdismo en el Comunismo, Obras Escogidas, Tomo 3, Edit. Progreso, Moscú, 1961.
Ø  CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL PERÚ, Edición 2010, Fondo Editorial Cultura Peruana, Perú, 2010.  
Ø  ANTONIO SALAMANCA SERRANO, La Teoría Socialista de los DD. HH.
Ø  CODIGO PENAL, Edición septiembre 2010, Jurista Editores, Perú, 2010.
Ø  MILAY BURGOS MATAMOROS, El derecho en Cuba Socialista, Investigaciones Jurídicas UNAM, 2000.
Ø  ATIENZA, M., Marx y los Derechos Humanos. Madrid: Mezquita, 1992.
Ø  J. MARTÍ, El Presidio Político en Cuba, Obras Completas, Tomo 2., 1952


[1] ANTONIO SALAMANCA, El Derecho a la Revolución, 1ra Edición, Potosí, 2006. 
[2] DRAE.
[3] THEDA SKOCPOL, Los Estados y Las Revoluciones Sociales, Fondo de Cultura Económica, México, 1985.
[4] V.I. LENIN, La Enfermedad Infantil del Izquierdismo en el Comunismo, Obras Escogidas, Tomo 3, Edit. Progreso, Moscú, 1961.
[5] CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL PERÚ, Edición 2010, Fondo Editorial Cultura Peruana, Perú, 2010.  
[6] ANTONIO SALAMANCA SERRANO, La Teoría Socialista de los DD. HH.
[7] CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL PERÚ, Edición 2010, Fondo Editorial Cultura Peruana, Perú, 2010.  
[8] CODIGO PENAL, Edición septiembre 2010, Jurista Editores, Perú, 2010.
[9] DRAE
[10] ANTONIO SALAMANCA SERRANO, La Teoría Socialista de los DD. HH., Pág. 287.
[11] MILAY BURGOS MATAMOROS, El derecho en Cuba Socialista, Investigaciones Jurídicas UNAM, 2000.
[12] ATIENZA, M., Marx y los Derechos Humanos. Madrid: Mezquita, 1992.
[13] J. MARTÍ, El Presidio Político en Cuba, Obras Completas, Tomo 2., 1952.
 

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